0. La llamada de los Andes

Hay dos grandes viajes en estos casi 25 años de mi vida. Los dos tienen más cosas en común de lo que en un inicio imaginé. El primero ocurrió hace cinco veranos, el segundo, recientemente. Cuando empecé a caminar no sabía si llegaría a mi destino o, como me pasó con el último viaje, no sabía ni cuándo ni dónde acabaría la aventura, pero en ambos, mi destino final tuvo el mismo nombre -aunque en diferente espacio y tiempo- : Santiago.

Y cuando digo grandes me refiero al viaje clásico, dilatado y auténtico, bien alejado de lo que hoy se entiende por turismo. Ese tipo de viaje que abre la mente y que te aleja de las comodidades, desplazándote lentamente. Ese que incita a descubrir nuevas tierras, a disfrutar del hecho de viajar por viajar.

“Muchos de nuestros grandes viajes son producto de aquel espíritu aventurero, de la emoción de deshacerse de las ataduras de la vida moderna y dedicarse sencillamente a vivir el mundo en toda su diversidad y belleza infinitas, dejando que el viaje fluya. […] Estas búsquedas hablan del deseo de comprender nuestro lugar en el universo. ” (Grandes Viajes, Lonely Planet, Barcelona 2016)

Nadie ha sentido vértigo y mareo alguna vez al ver lo rápido que se mueve todo últimamente y qué poco tiempo de calidad se dedica a lo importante (si es que sabes qué es, porque con tanto estímulo externo cuesta escucharse a uno mismo y saber con firmeza lo que de verdad queremos y sentimos)? Todo se reduce a una imagen, a un texto de máximo tres líneas que leemos de camino de casa al tren; a tiempo muerto en la televisión para que no tengas tiempo de pensar entre programa y programa, solo en consumir; a ruido de coches, taxis y ambulancias; a música a todo volumen de tu móvil resonando por tus orejas mientras ves publicidad por la calle que te convence que te falta algo, que hay algo mal en ti. Estudiamos durante más de 20 años consecutivos, luego trabajamos en uno o dos o múltiples sitios y contamos los días que faltan para las vacaciones. Creemos que cuanto más tengamos, más libres seremos, cuánto más rápido vayamos, más lejos llegaremos. Guau. Y de ese remolino lo que sigue luego es el vértigo de parar. Detenerse para cuestionarnos lo que nos rodea y a lo que realmente aspiramos en nuestras vidas. Saber qué queremos para sentirnos vivos e ir a por ello. Y que no sea una falsa creencia, sino que nazca de dentro, cuando hemos silenciado todo el ruido externo y aceptamos lo que somos.

Después de cumplir como alumna excelente durante 20 años pasando por todas las etapas educativas a la vez que también trabajaba un par de horas al día para pagarme una habitación de precios desorbitados en Barcelona, por fin llegué al tan esperado final del “camino señalizado”. Tenía en mi bolsillo una carrera universitaria que a mi parecer nada me había aportado, había sido una privilegiada de vivir 4 años en una de las ciudades más envidiables del planeta y había tenido experiencias que realmente llenaron mi espíritu libre y joven en lugares y con gente increíble. Y en el último paso de ese camino señalizado, mientras a mi alrededor podía sentir el pánico de “y ahora qué?!”, mi alma no podía estar más ancha y dichosa. Por fin podía realmente construir al 100% la continuación de mi camino. Hasta ese punto no había sido suficientemente valiente para hacerlo, pero en ese instante, sí. Y los cimientos de ese camino fueron cambiar radicalmente de entorno, profesión y cultura. ¿Qué había más allá de Barcelona y ser profesora? Eso quería y sigo queriendo averiguar.

“La curiosidad es el factor motivacional más potente para viajar. Es algo que tenemos grabado a fuego en el subconsciente colectivo, ya que somos básicamente animales migratorios y criaturas sociales a la vez, y muchos de nuestros viajes servían – y sirven- para satisfacer nuestros impulsos sociales y curiosos. Queremos conectar con otros países, otras gentes; imbuirnos de los ritos de otras culturas y mezclarlos con los nuestros.”

En mis estancias en Islandia -desde que me gradué hasta ahora- pude realmente entender que menos es más. Pasados los tres primeros meses no me veía capaz de volver a vivir en una ciudad como podría ser Barcelona; cuando miraba hacia atrás y me veía en mi rutina normal que duraba a veces 12 horas sin casi parar, sin ver más que asfalto y gente y tiendas, respirando el humo detrás de los coches y con tantos estímulos, sentía que eso no estaba hecho para mi. Simplemente era otra etapa y mi espíritu necesitaba alimentarse de otros aires. La sencillez de este país me cautivó y desde entonces ya son tres las veces que he ido a pasar una larga temporada. Me recarga de energía, me conecta y me hace sentir libre y liviana con sus vastos espacios abiertos,  la nula contaminación auditiva, atmosférica y lumínica y me hace sentir viva mientras contemplo su belleza natural que rebosa por dondequiera. Guau. Tener tiempo para pensar, para contemplar cada día un atardecer por el mar, para caminar descalza por el césped de casa al trabajo, para respirar aire limpio, para tener tiempo para mi. Ese es el camino que yo me construí, pero entre temporada y temporada de verano habían muchos meses en que tenía que construir caminos alternativos.

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Las vistas desde mi casa, una noche de julio a las 22.15h (Islandia, 2017)

Hacía años que quería tener un estilo de vida más nómada, así que el verano pasado, cuando acabó la temporada de verano en el hostal donde estaba trabajando en Islandia, me fui a pasar los meses de otoño e invierno a lugares más cálidos con una compañía igual de cálida, él, a quien conocí en mi primer gran viaje, peregrinando durante un mes hacia Santiago de Compostela. Habían pasado cuatro años desde que finalizamos la peregrinación en un mes de agosto, y con una o dos visitas al año habíamos sido capaces de mantener ese hilo que nos unió desde el primer día que nos conocimos. Juntos otra vez nos poníamos las grandes mochilas a la espalda, con lo justo y necesario, las que serían nuestra casa, armario y amiga durante meses, los zapatos más cómodos que teníamos y con solo un billete de ida. A Costa Rica. ¿Empezaba nuestra segunda peregrinación? ¿Buscábamos algo en cuestión? ¿Por qué ahí?

Ahora las “listas de sitios donde ir alguna vez en mi vida” me parecen caprichosas y me avergüenzan, porque solo un pequeñísimo porcentaje de gente puede permitirse escribir estas listas, pero desde años atrás había tenido en esta lista mental la idea de América Latina. De hecho antes ni sabía la diferencia entre ésta y Suramérica, solo viajando lo comprendí: la última se refiere únicamente a los países que van de Colombia y las Guyanas hasta la Patagonia chilena y argentina. Mientras que Latinoamérica comprende todos los países latinos, es decir, desde México hasta la Patagonia, pasando por todos los países centro y suramericanos, que comparten mucho más que la lengua castellana.

Fuera como fuera, Costa Rica fue el destino que nos escogió. Y es que realmente no nos importaba mucho el lugar, sino que lo que teníamos en mente era la posibilidad de estar juntos, estar en contacto con la naturaleza y aprender a través de proyectos de todo tipo que necesitaran voluntarios para poder, también, ir más despacio y estrechar nuestros bolsillos. Queríamos estar inmersos en tareas que nunca antes habíamos hecho en lugares nuevos y desconocidos con gente con algo que compartir con nosotros, salir de nuestra área de confort. Como sabíamos que estaríamos una larga temporada, teníamos que ir a lugares económicos y bien conectados, para poder ir desplazándonos y conocer más rincones de manera no muy costosa. Sin duda alguna era un buen destino para empezar, el vuelo era de los más baratos y naturaleza no faltaba. ¿Nos íbamos a quedar solo por Centroamérica? ¿Hasta dónde llegaríamos? Yo no quería tenerlo todo planeado, pero en el momento en que visitas la clínica para ponerte las vacunas necesarias para viajar a países tropicales te piden que expliques el recorrido de tu viaje porque hay vacunas muy recomendadas para según qué áreas e incluso no te dejan entrar si no las tienes, como es el caso de la fiebre amarilla. Sabiendo esto, tuvimos que preguntarnos seriamente hasta donde pretendíamos llegar…¿cruzamos a Colombia? ¿O seguimos hacia el norte, por Nicaragua hasta México? ¿Y si llegamos a lo más austral que podamos? ¿Te imaginas llegar a la Patagonia? Efectivamente, el sur nos llamó y asentamos el sur de Chile como meta, trazando una línea en nuestro mapa que recorría todos los Andes, empezando por Costa Rica, y aunque la cordillera empieza a hacerse visible en Colombia, en realidad descubrimos que va de extremo a extremo de todo el continente americano, simplemente hay lugares donde esa espina dorsal está sumergida o cambia ligeramente de aspecto geológico.

A veces somos nosotros quien escogemos el destino de nuestro próximo viaje, pero otras veces, de algún modo, son los lugares los que te piden que vayas a sentirlos y presenciarlos en ese momento de tu vida, aunque no estés muy segura. Así me sentí cuando decidimos nuestra ruta. Siempre había sabido que visitaría Latinoamérica en slow mode, durante largo tiempo, por su complejidad y por los lazos que yo siento que me atan a ella, pero dudaba si era mi momento y si sería capaz y estaba preparada, abierta a todo lo que tenía que ofrecerme. La tenía tan idealizada que seguramente nunca hubiera sentido que era el momento oportuno. La vida me llevó hacia ahí tal y como un río arrastra una hoja, la cual no ofrece resistencia pero a la vez no sabe ni cómo llegó allí ni dónde terminará. Y así empezó mi segundo gran viaje, junto a una persona muy especial, cuatro años después, en el que caminaríamos más despacio, pero llegaríamos más lejos, y a vivir experiencias más profundas que nos sacudirían por completo de arriba a bajo, por fuera y sobre todo por dentro.

“Viajar bien -anteponiendo la esencia a la conveniencia- nos convierte en personas más completas. “

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Logan y yo en una etapa de la peregrinación del camino de Santiago, donde nos conocimos (España, 2013 – Fotografía: Agustín Espinosa de los Monteros)

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